Desayuno en la silla alta
Gael se despertó con el tacto suave pero firme de Michael acariciando su pelo. La luz de la mañana se filtraba por las persianas, creando un ambiente cálido en la habitación infantil del chico.
—Buenos días, mi bebé pequeño —susurró Michael con una sonrisa—. ¿Listo para tu desayuno especial?
Gael asintió, sintiendo cómo la calidez invadía su cuerpo. Michael lo ayudó a sentarse, quitándole el pijama con ositos. El olor a leche y a su propio olor corporal lo transportaba instantáneamente a ese espacio que ambos habían construido.
Michael lo llevó hasta la silla alta de madera que había comprado especialmente para estas ocasiones. La colocó en medio del comedor, donde la luz del sol bañaba el espacio. Gael sintió una mezcla de vergüenza y excitación al ser sentado allí, sus pies apenas tocaban el reposapies mientras Michael lo aseguraba con el cinturón.
—Hoy vamos a tener avena con plátano, mi pequeño —anunció Michael mientras mezclaba la comida en un tazón especial con forma de oso—. Y después, tu biberón con leche tibia, como te gusta.
Gael observó cómo Michael preparaba todo con esmero. El babero con dibujos de nubes que le colocó alrededor del cuello lo hizo sentir aún más pequeño y vulnerable. La primera cucharada de avena llegó tibia a su boca, y Gael no pudo evitar un gemido suave.
—¿Está buena, mi bebé? —preguntó Michael, continuando con la alimentación.
Gael asintió, con la boca llena. El proceso era íntimo y controlado por Michael, quien decidía cada cucharada, cada momento. Algunas gotas de avena cayeron en su barbilla, y Michael las limpió con el babero, haciéndolo sentir aún más cuidado y, al mismo tiempo, más humillado.
Cuando terminó, Gael sintió cómo su estómago estaba lleno y cálido. Michael desapareció por un momento y regresó con el biberón de vidrio, lleno de leche tibia. Lo sostuvo contra sus labios y Gael comenzó a succionar, cerrando los ojos mientras el líquido reconfortante llenaba su boca.
—Así se hace, mi pequeño —murmuró Michael, acariciando la mejilla de Gael mientras bebía.
—Anda termina tu leche , que después tenemos un día lleno de actividades para ti.
Gael sintió cómo el líquido caliente llenaba su vejiga. Sabía que no debería contenerlo, que Michael esperaba que usara su pañal como un bebé verdadero. Con cada sorbo, la presión aumentaba, hasta que finalmente, con un suspiro de alivio y vergüenza, liberó su vejiga en el pañal.
Michael sonrió, notando el cambio en la expresión de Gael y el calor emanando de su entrepierna.
—Buen bebé —dijo con aprobación—. Ya estás listo para tu cambio de pañal. ¿Verdad que te sientes más cómodo ahora?
Gael asintió, sintiendo cómo la humedad lo envolvía. Terminó el biberón mientras Michael limpiaba su rostro con una toallita húmeda. Pero algo era diferente esta vez. La leche tenía un sabor ligeramente amargo que Gael no reconoció, y su estómago comenzó a retorcerse sutilmente.
—Esa leche es especial, mi pequeño —explicó Michael con una sonrisa maliciosa—. Contiene algo para asegurarme que mi bebé use completamente su pañal. Quiero ver cómo lo llenas todo para mí.
Los ojos de Gael se abrieron con sorpresa y un poco de miedo, pero era demasiado tarde. Sentía cómo su abdomen se contraía, una presión creciente que no podía controlar. Michael observaba con interés, su mano posada en el vientre de Gael, sintiendo los espasmos que comenzaban.
—Vamos, mi bebé. No te contengas —animó Michael, su voz baja y dominante—. Daddy quiere ver cómo llenas tu pañal como un bebé bueno.
Gael luchó contra la necesidad, pero su cuerpo traicionaba su voluntad. La presión se volvió insoportable, y con un gemido de humillación y alivio, sintió cómo su intestinos se liberaban en el pañal. El calor se extendió por su trasero, el volumen creciendo hasta que el pañal se sentía pesado y lleno.
—Así se hace, mi bebé —dijo Michael con satisfacción, palpando la parte trasera del pañal—. Qué bueno has sido. Has llenado tu pañal completamente para daddy.
Gael sintió las lágrimas formarse en sus ojos, una mezcla de vergüenza extrema y extraño placer. Estaba completamente sucio, sentado en su silla alta, incapaz de moverse mientras Michael lo examinaba con aprobación.
—Ahora sí estás listo para tu cambio de pañal —dijo Michael, desabrochando el cinturón de la silla alta
—. Pero primero, vamos a disfrutar un poco de tu estado, ¿verdad que sí, mi bebé sucio?
Un baño y cambio de pañal
Michael desabrochó el cinturón de la silla alta y tomó a Gael en brazos, como si pesara muy poco. El pañal, ahora pesado y lleno, crujía y se movía con cada paso que Michael daba, un recordatorio constante del estado de Gael.
—Vamos al baño, mi pequeño —dijo Michael, llevándolo hacia el baño que habían adaptado especialmente para sus juegos—. Necesitamos limpiar a mi bebé sucio.
El baño tenía una mesa cambiadora grande con todo a mano: pañales, toallitas húmedas, cremas y polvos. Michael colocó a Gael suavemente sobre la mesa, donde el colchón protector crujió bajo su peso.
—Vamos a ver qué tenemos aquí —dijo Michael con tono juguetón, desprendiendo las cintas adhesivas del pañal.
Gael sintió el aire fresco en su piel cuando Michael abrió el pañal sucio. La exposición era total, su vulnerabilidad completa. El olor llenó el baño, y las mejillas de Gael se sonrojaron de humillación. Michael limpió con cuidado cada pliegue, cada curva, usando toallitas húmedas tibias que hicieron que Gael se estremeciera.
—Estás muy sucio, mi bebé —comentó Michael mientras trabajaba—. Casi como si hubieras estado aguantando desde anoche.
Gael sintió cómo sus mejillas se sonrojaban. La humillación se mezclaba con el placer de ser cuidado tan meticulosamente. Michael aplicó una crema protectora en su piel, masajeando suavemente sus nalgas y entrepierna.
—No queremos que te salga una erupción, ¿verdad que no? —preguntó Michael, sus dedos explorando cada centímetro de la piel de Gael—. Un bebé como tú necesita protección especial, especialmente después de llenar su pañal tan bien.
Gael solo pudo asentir, sintiendo cómo su cuerpo respondía al toque experto de Michael. El polvo de talco llegó después, esparcido con delicadeza, creando una capa suave y seca.
Michael tomó un pañal nuevo, este vez con estampados de animales de la selva. Lo desplegó y lo deslizó bajo las caderas de Gael, ajustándolo perfectamente antes de cerrar las cintas adhesivas.
—Listo—dijo Michael, admirando su trabajo—. Mi bebé, fresco y limpio. ¿Te sientes mejor ahora?
Gael asintió, sintiendo cómo el pañal nuevo lo envolvía en su abrazo protector. Michael lo ayudó a sentarse y le entregó un peluche de conejo.
—Ahora, mientras preparo nuestras cosas para el paseo, tú juegas aquí con tu amigo —instruyó Michael—. Pero intenta no ensuciarte tan pronto esta vez, ¿entendido? Aunque daddy no se molestaría si lo hicieras de nuevo.
Gael abrazó al conejo, sintiendo cómo el mundo se reducía a este espacio donde Michael decidía todo por él. Escuchó los sonidos de Michael preparando cosas en otra habitación, mientras él permanecía sentado en la mesa cambiadora, esperando pacientemente como un bebé bueno, con el recuerdo de su humillación aún fresco en su mente.
Día de paseo en el parque
Michael regresó con una pañalera y un cochecito de bebé plegable que había estado guardando para ocasiones especiales. Gael sintió una oleada de nerviosismo y anticipación al verlo.
—¿Crees que me pondrás en eso? —preguntó Gael con voz temblorosa.
Michael sonrió, desplegando el cochecito con movimientos expertos.
—Claro que sí, mi pequeño —dijo—. Los bebés como tú necesitan un paseo seguro por el parque.
Gael sintió cómo sus mejillas ardían mientras Michael lo ayudaba a bajar de la mesa cambiadora. Lo sentó en el cochecito, que era más grande de lo que Gael esperaba, pero aún así lo hacía sentir pequeño y sin escapatoria. Michael lo aseguró con el arnés de cinco puntos, ajustándolo hasta que Gael apenas podía moverse.
—Perfecto —dijo Michael, admirando su trabajo—. Ahora sí, mi bebé está listo para su paseo.
Michael colocó la bolsa de pañales en el compartimento inferior y comenzó a empujar el cochecito hacia la puerta. Gael sintió cómo el mundo se movía a su alrededor, la perspectiva desde el cochecito era completamente diferente, más baja, más vulnerable.
El aire fresco de la mañana golpeó el rostro de Gael cuando salieron del edificio. El sol brillaba, y Gael sintió cómo sus ojos se adaptaban a la luz. Michael lo empujaba por la acera, y Gael podía sentir las miradas de los transeúntes, aunque no estaba seguro si eran reales o imaginadas.
—¿Ves qué bonito está el día, mi bebé? —dijo Michael, inclinándose para susurrar en su oído—. Los pájaros cantando, y el sol brillando. Es un día perfecto para un bebé como tú.
Gael asintió, sintiendo cómo el cochecito se detenía. Michael había llegado al parque, donde varios padres disfrutaban de la mañana. Encontró un banco cerca del área de juegos y estacionó el cochecito.
—Vamos a jugar un poco, ¿verdad que sí? —dijo Michael, desabrochando el arnés y ayudando a Gael a salir.
Gael se sintió torpe sobre sus pies, como si realmente estuviera aprendiendo a caminar.
Michael lo llevó hacia el arenero, apartado del resto para darle un poco de confianza a su pequeño de jugar con sus cubos y palas. Michael se arrodilló y tomó una pala pequeña, entregándosela a Gael.
—Aquí, mi pequeño. Cava y construye algo bonito para daddy.
Gael sintió el calor en sus mejillas al ver a los padres mirándolos con curiosidad. Se arrodilló en la arena, el pañal grueso haciéndose presente bajo su ropa, y comenzó a cavar torpemente. Michael observaba con una sonrisa aprobatoria, su mano posada en la cabeza de Gael como una muestra de dominio.
Un chico no mayor que Gael se acercó, señalando el pañal de Gael que se asomaba ligeramente por encima de su pantalón corto.
—¿Ese es un pañal de bebé? —preguntó el chico.
Michael intervino antes de que Gael pudiera responder.
—Sí, mi bebé aquí todavía necesita sus pañales especiales —dijo Michael con calma,
acariciando el cabello de Gael—. Pero es el bebé más bueno de todos, ¿verdad que sí?
Gael asintió con la cabeza baja, sintiendo la humillación mezclada con una extraña excitación.
El padre del chico los miró con una sonrisa comprensiva antes de llamar a su hijo.
—Vamos, Gael. Es hora de tu merienda —dijo Michael, ayudándolo a levantarse, mientras le limpiaba la arena de las rodillas.
Lo llevó de vuelta al cochecito, donde le preparó un tazón de puré de frutas y un biberón de jugo de manzana. Gael comió obedientemente, consciente de las miradas ocasionales de los demás.
—¿Sabes qué, mi pequeño? —susurró Michael mientras terminaba su merienda—. Creo que alguien necesita un cambio de pañal. Te sientes un poco más pesado últimamente.
Gael negó con la cabeza, pero Michael ya estaba revisándolo discretamente. Su mano se deslizó por la parte trasera de su pantalón, palpando el pañal.
—Sí, como pensaba. Estás mojado y un poco sucio —dijo Michael en voz baja pero firme—. Vamos a cambiar a mi bebé aquí mismo.
El corazón de Gael latió con fuerza cuando Michael sacó la colchoneta cambiadora de su bolsa y la extendió en el césped en un lugar apartado de la vista. Lo acostó suavemente, y Gael sintió cómo el mundo se reducía a ese pequeño espacio bajo el cielo abierto.
Michael desabrochó su pantalón y lo deslizó hasta sus rodillas, exponiendo el pañal sucio de su pequeño. La brisa fresca en su piel expuesta hizo que Gael se estremeciera de humillación y placer.
—Shhh, mi pequeño. Solo estoy cuidando de ti —murmuró Michael mientras limpiaba a Gael con toallitas húmedas, sus movimientos deliberados y precisos.
Gael cerró los ojos, sintiendo cómo el mundo desaparecía excepto por el toque de Michael. La vergüenza de ser cambiado en público se mezclaba con el intenso placer de ser cuidado. Michael aplicó crema protectora, sus dedos explorando cada pliegue y curva con una intimidad que solo ellos compartían.
—Ya está —dijo Michael finalmente, ajustando un pañal nuevo y limpio—. Mi bebé fresco y listo para más aventuras.
Gael suspiró, sintiéndose completamente vulnerable y, al mismo tiempo, completamente seguro bajo el cuidado de Michael.
Paseo en el supermercado para comprar los pañales e insumos del nene
Después del parque, Michael llevó a Gael de vuelta al cochecito y lo empujó hacia el supermercado cercano. La tienda estaba iluminada y llena de gente, y Gael sintió cómo su ansiedad aumentaba al entrar.
—Necesitamos reabastecer nuestros suministros, mi pequeño —dijo Michael mientras empujaba el cochecilo por el pasillo de productos para bebés—. Veamos qué necesitamos.
Gael sintió cómo su corazón latía con fuerza cuando Michael se detuvo frente a la pared de pañales. Había pañales de todas las marcas y tamaños, y Michael parecía estudiarlos con atención.
—Creo que estos serán perfectos para ti —dijo Michael, tomando un paquete grande de pañales con estampados de dinosaurios—. Son extra absorbentes, para no tener que cambiarte tan a menudo cuando estemos fuera.
Gael sintió cómo sus mejillas ardían mientras Michael colocaba el paquete grande en el cesto del cochecito, justo encima de su cabeza. Cualquiera que pasara podía ver claramente para quién eran esos pañales.
—También necesitamos más de tu crema especial —continuó Michael, tomando un tubo grande de crema para erupciones—. Y toallitas húmedas, por supuesto.
Una mujer mayor pasó por el pasillo y sonrió al ver a Gael en el cochecito.
—Qué bebé más bonito —dijo—. ¿Y cuántos años tiene?
Michael sonrió, su mano descansando en el hombro de Gael.
—Ya es algo mayor —dijo con calma—. Para continuar después de la pausa.
—Mi bebé aquí es especial —dijo con orgullo—. Necesita cuidados extra, pero es el bebé más bueno del mundo.
La mujer asintió con una sonrisa comprensiva antes de continuar su camino. Gael sintió una mezcla de humillación y orgullo al ser descrito de esa manera por Michael.
Continuaron sus compras, y Michael añadió varios biberones, purés de frutas y cereales infantiles al cesto. Cada artículo era un recordatorio del papel de Gael, cada producto una afirmación de su estatus de bebé bajo el cuidado de Michael.
—Una última cosa —dijo Michael, deteniéndose frente a los chupetes—. Creo que necesitas uno nuevo.
Tomó un chupete de silicona de color azul y se lo ofreció a Gael.
—Abre, mi pequeño.
Gael abrió la boca obedientemente, sintiendo cómo el chupete llenaba su boca. El acto de succión instantáneamente lo calmó, transportándolo a un estado más infantil y sumiso.
—Así se ve mejor —dijo Michael con satisfacción, acariciando la mejilla de Gael—. Mi bebé ya está completo con su chupete.
En la caja, el cajero joven no hizo comentarios, pero Gael sintió cómo sus ojos se detenían en los artículos para bebés y luego en él, sentado en el cochecito con el chupete en la boca.
Michael pagó con calma, como si no hubiera nada inusual en la situación.
—Vamos a casa, mi pequeño —dijo Michael una vez que salieron del supermercado—. Tenemos un día emocionante por delante.
Gael asintió con el chupete todavía en la boca, sintiéndose completamente inmerso en su rol de bebé, completamente dependiente de Michael para todo.
Ida al cine
Más tarde ese día, después de la siesta de Gael en su cuna especial, Michael lo despertó con una sonrisa.
—¿Quieres saber dónde vamos, mi pequeño? —preguntó Michael mientras le quitaba el pijama—. Vamos al cine.
Gael sintió una oleada de emoción y nerviosismo. El cine significaba más gente, más exposición de su rol de bebé bajo el cuidado de Michael.
Michael lo vistió con un pantalón corto de algodón suave y una camiseta con un adorable conejito, haciendo que el pañal fuera claramente visible bajo la ropa. Le volvió a colocar el chupete en la boca y lo llevó en brazos hacia el coche.
En el cine, Michael compró entradas para la última película animada infantil y una palomera de maíz grande con un refresco. Gael sintió cómo las miradas se posaban en ellos mientras esperaban en la fila.
—No te preocupes, mi pequeño —susurró Michael, notando la incomodidad de Gael—. Nadie va a juzgarte. Estás con tu daddy, y él cuida de ti.
Una vez dentro de la sala de cine, Michael eligió asientos en la parte de atrás, donde había menos gente. Colocó a Gael en su regazo, envolviéndolo con sus brazos mientras esperaban a que comenzara la película.
—¿Estás cómodo, mi bebé? —preguntó Michael, ajustando a Gael contra su pecho—. ¿Necesitas algo antes de que empiece la película?
Gael negó con la cabeza, sintiéndose seguro y contenido en los brazos de Michael. La oscuridad de la sala de cine lo ayudó a relajarse, y cuando las luces se atenuaron y comenzó la película, Gael sintió cómo se sumergía completamente en la experiencia.
Michael le ofrecía palomitas de maíz de vez en cuando, y Gael las tomaba obedientemente, sus ojos fijos en la pantalla animada.
El refresco lo bebía obedientemente, sus ojos fijos en la pantalla animada. A mitad de la película, Gael sintió una familiar retortijón en su estómago. El efecto de la leche especial del desayuno todavía estaba presente, y la gran cantidad de refresco estaba acelerando el proceso.
—D-daddy —susurró Gael alrededor del chupete, tirando suavemente de la manga de Michael.
Michael bajó la mirada, sus ojos brillando en la oscuridad de la sala.
—¿Qué pasa, mi pequeño? —preguntó en voz baja, su mano deslizándose hacia el abdomen de Gael—. ¿Necesitas algo?
Gael asintió con lágrimas formándose en sus ojos. Sabía lo que venía, y la idea de hacerlo en el cine, en público, era a la vez aterradora y excitante.
—Shhh, está bien, bebé —susurró Michael, acariciando su cabello—. Daddy está aquí. Solo relájate y haz lo que necesites hacer. Tu pañal está para eso, ¿verdad que sí?
Gael enterró su rostro en el pecho de Michael, sintiendo cómo el calor se extendía por su espalda baja. Con un gemido sofocado, liberó sus intestinos en el pañal, el volumen y el calor haciéndolo sentir completamente humillado.
—Así se hace, mi bebé —murmuró Michael con aprobación, su mano palmeando suavemente el pañal ahora lleno—. Qué bueno has sido. Has usado tu pañal como debe ser.
Gael sintió una mezcla de alivio y vergüenza. Michael lo abrazó más fuerte, protegiéndolo del mundo exterior mientras Gael permanecía vulnerable en su regazo.
—No te preocupes, mi pequeño —continuó Michael—. Daddy te cambiará en cuanto termine la película. Pero hasta entonces, vas a quedarte aquí conmigo, con tu pañal lleno y feliz, ¿entendido?
Gael asintió, su cuerpo completamente relajado ahora que la presión había desaparecido. Se sumergió de nuevo en la película, consciente del pañal lleno y pesado, pero sintiéndose seguro en los brazos de Michael.
Cuando la película terminó y las luces se encendieron, Gael sintió un pánico momentáneo.
¿Qué diría la gente si lo veía así? Pero Michael parecía completamente tranquilo.
—Esperemos a que todos se vayan, mi pequeño —dijo Michael, sosteniendo a Gael mientras la sala se vaciaba—. Daddy cuidará de ti.
Una vez que la sala estuvo casi vacía, Michael se levantó con Gael en brazos. El pañal lleno era evidente para cualquiera que los mirara, pero Michael caminó con confianza hacia el baño familiar.
—Vamos a cambiar a mi bebé —dijo Michael, colocando a Gael en la mesa cambiadora del baño—. ¿Verdad que te sientes mejor ahora?
Gael asintió, sintiéndose completamente vulnerable y expuesto mientras Michael lo cambiaba con cuidado y delicadeza. El proceso era íntimo y dominante, y Gael se sumergió completamente en la sensación de ser cuidado por su daddy.
—Terminamos, bebé—dijo Michael finalmente, ajustando un pañal nuevo y limpio—. Mi bebé fresco y listo para ir a casa.
Dulces sueños, campeón
El viaje de regreso a casa fue silencioso. Gael, sentado en su asiento especial en el coche, se sentía vacío y lleno al mismo tiempo. El pañal limpio que Michael le había puesto en el cine era un recordatorio de su sumisión. Michael conducía con una mano en el muslo de Gael, su toque posesivo y tranquilizador
Una vez en casa, Michael llevó a Gael directamente a la habitación, sin el ritual habitual de prepararlo para la cama. El ambiente era diferente esta vez; la energía de Michael era más intensa.
—Ha sido un día largo para mi bebé —dijo Michael, su voz baja y grave—. Pero la noche no ha terminado.
Gael sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Michael lo despojó de su ropa, dejándolo solo con el pañal. Lo llevó hacia la cama y lo empujó suavemente, haciéndolo caer de espaldas.
—Daddy necesita recompensar a su bebé por haber sido tan bueno hoy —dijo Michael, desabrochando el pañal con movimientos rápidos y precisos.
El aire frío golpeó la piel de Gael, expuesta y vulnerable. Michael se arrodilló entre sus piernas, sus ojos oscuros llenos de un deseo que hizo que Gael se estremeciera. Sin previo aviso, Michael inclinó la cabeza y comenzó a explorar el cuerpo de Gael con su boca, sus mordiscos y lamidos rápidos y demandantes.
Gael arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. Michael era rudo, sin delicadeza, tomando lo que quería con una urgencia que encendía cada nervio de Gael. Sus manos firmes sujetaban las caderas de Gael, inmovilizándolo mientras su boca trabajaba con una precisión experta.
—Daddy... —susurró Gael, sus manos entrelazándose en el cabello de Michael.
Michael continuó con su tarea, esta vez más intenso, más demandante. Gael sintió cómo el placer se construía dentro de él, una ola creciente que amenazaba con ahogarlo. Michael parecía saber exactamente cómo llevarlo al borde, solo para retroceder una y otra vez, extendiendo la agonía y el éxtasis.
Cuando finalmente Gael pensó que no podía más, Michael se levantó y lo volteó, colocándolo sobre sus manos y rodillas. La posición era sumisa, vulnerable, y Gael sintió cómo su corazón latía con fuerza.
—Así me gusta, mi bebé —dijo Michael, su mano palmeando una nalga de Gael—. Listo para daddy.
Sin más preámbulos, Michael entró en él con un movimiento rápido y profundo. Gael gritó, una mezcla de dolor y placer intenso. Michael no le dio tiempo a adaptarse, comenzando a moverse con un ritmo feroz, cada embestida más profunda que la anterior.
—¡Mío! —gruñó Michael con cada embestida—. ¡Eres mío, mi bebé!
Gael solo podía gemir, su cuerpo moviéndose al ritmo de Michael, completamente entregado a la dominación. El mundo se reducía a la sensación de Michael dentro de él, llenándolo, poseyéndolo por completo. El placer era abrumador, una fuerza de la naturaleza que lo arrastraba consigo.
Michael lo tomó por el cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer su cuello.
—¿De quién eres, bebé? —siseó Michael en su oído.
—¡Tuyo! —gritó Gael—. ¡Soy tuyo, daddy!
La respuesta pareció desencadenar algo en Michael. Su ritmo se volvió más errático, más salvaje, hasta que con un rugido gutural, se vació dentro de Gael. El calor lo inundó, y Gael sintió cómo el propio orgasmo lo sacudía, una onda expansiva de placer que lo dejó temblando y sin aliento.
Se derrumbaron en la cama, ambos jadeando, sus cuerpos sudorosos y entrelazados. Por un momento, el único sonido en la habitación era su respiración agitada.
Lentamente, la intensidad se desvaneció, reemplazada por una ternura sorprendente. Michael rodeó a Gael con sus brazos, acariciando su espalda con movimientos suaves y reconfortantes.
—Shhh, mi pequeño —susurró Michael, besando la frente de Gael—. Ya terminó. Daddy te cuidará.
Gael sintió cómo las lágrimas caían por sus mejillas, no de tristeza, sino de una emoción abrumadora. Se giró para enfrentar a Michael, enterrando su rostro en su pecho.
—Te quiero, daddy —murmuró Gael, su voz temblorosa.
—Yo también te quiero, mi bebé —respondió Michael, su voz suave y tierna—. Más que a nada en este mundo.
Se quedaron así por un largo tiempo, simplemente abrazados, sus cuerpos aún conectados. Michael besó la parte superior de la cabeza de Gael, su mano acariciando su cabello una y otra vez.
—Vamos a dormir, mi pequeño —dijo Michael finalmente—. Daddy te limpiará y te pondrá un pañal nuevo para dormir.
Gael asintió, demasiado agotado para hablar. Michael lo cuidó con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de antes, limpiándolo con toallitas húmedas tibias y aplicando una crema suave antes de ponerle un pañal nuevo y limpio.
Lo arropó con la manta, besándolo una última vez antes de apagar la luz.
—Buenas noches, mi bebé —susurró Michael en la oscuridad—. Daddy estará aquí cuando despiertes.
Gael se acurrucó contra Michael, seguro y feliz. El día había sido un viaje de humillación, pero ahora, en los brazos de Michael, se sentía simplemente en casa. Con un suspiro de satisfacción, Gael cerró los ojos y se dejó llevar al sueño, sabiendo que estaría seguro en los brazos de su daddy.
Está historia ha sido generada por medio de IA, Venice (2026).